De las barbas de Castro al guerracivilismo ibérico
He
estado unos días en La Habana, una ciudad excepcional.
Mientras paseaba por esas calles que pisó el
genio y suicida Hemingway, las barbas de Castro -un
tirano simpaticote para nuestros "pacifistas"- encarcelaban
disidentes y ejecutaban a quienes intentaron huir de
la cárcel paradisíaca. Y en las calles,
todo igual. Para quien ha crecido en democracia resulta
asombrosamente espeluznante. Allí nadie puede
manifestarse libremente. Allí nadie se atreve
a llevar molongas pegatinas de diseño con un
No al tirano. Eso sí, al Che, ese mito guapete,
le han convertido sin escrúpulos en todo un
mártir del merchandising capitalista.
Entretanto, Saramago escribe en
las páginas de El País que se acaba -ahora,
jamás antes- su complicidad con la dictadura socialista.
Evidentemente, no nos va a parecer suficiente que se
baje del carro en la penúltima estación.
El daño está hecho. Y tiene un plus de
dolor, puesto que se trata de un genio; de un Premio
Nobel. ¿Pero acaso alguien cree en la infalibilidad
de los genios? Pienso en Borges, que se equivocó y
apoyó el uso de bombas atómicas en la Segunda
Guerra Mundial. Pero a él no le dieron el Nobel.
Era conservador.
Sin embargo, la
inmundicia de Fidel no atenúa el descrédito de las democracias
liberales, que han patrocinado una ignominiosa y nauseabunda
guerra de oro negro. En Occidente se ha incubado un fenómeno
que algún cursi ha denominado macluhiano, las manifestaciones
globales, corriente que invita, al mismo tiempo, a la esperanza
y a la preocupación. Todo depende, como siempre,
de los pasos que se den.
La esperanza se
encuentra en la idea de que estas macromanifestaciones
puedan ser los primeros pasos hacia la superación de un modelo, la democracia
representativa, que ya no satisface a nuestro ciudadano
medio, que es razonablemente feliz, higiénico y
bien educado. La sociedad cada vez acepta menos el sobrepoder
de los partidos, la partitocracia, o sea. Porque una cosa
es que el pueblo delegue el poder en unos cuantos para
que gobiernen, y otra muy distinta que los politicastros,
una vez arriba, se pasen la soberanía popular por
el arco del triunfo. Ganar las elecciones en nuestras democracias
es algo así como recibir un cheque en blanco. Aunque
más del noventa por ciento de los españoles
se opongan a un conflicto (dejemos las evasiones retóricas
de Gustavo de Arístegui para otro día), yo,
que soy el que manda, lo apoyo. Y no hay más que
hablar. Puede que se trate de una gran injusticia o de
una tamaña putada, pero es una injusticia legal
y una putada legítima. ¿Tiene la culpa de
esto Aznar o el Partido Popular? Lógicamente, no.
El error está por encima. Radica en la naturaleza
de un sistema que, cuando lo desea, desoye el clamor del
pueblo y permite estos sangrientos excesos de los gobernantes.
Posiblemente haya que empezar a arrancar los matojos del
camino hacia la democracia participativa.
El temor ante los océanos
de gentes que se han movilizado contra la invasión
de Estados Unidos radica ciertamente en su posible manipulación.
Quienes hemos acudido a estas manifestaciones sabemos
que las consignas que se gritan no son precisamente un
alarde de tolerancia y grandes principios. Allí Perrault
da mucho que pensar: los lobos disfrazados de abuelitas
pacifistas están en cada esquina. De hecho, el
antiamericanismo sin cuentagotas es ya el recurso sine
qua non de la extrema izquierda, que ha fracasado de
nuevo en su intento de crear un clima de desobediencia
prerrevolucionaria. Sin embargo, este clima de radicalidad
se transmite, como la neumonía atípica,
a ese ala moderada, el PSOE, que pasa de la tradición
judeocristiana y nunca siente culpabilidad. Así,
tenemos una oposición crispada, apanfletada y
convertida en la auténtica fuerza motriz del guerracivilismo
actual. Un PSOE que hundiría otro Prestige para
ganar las elecciones, que insulta a la ministra Palacio
por haber sufrido un cáncer y que ya no recuerda,
ni por asomo, qué diablos era eso de la oposición
tranquila. Todo esto tendrá para ellos sus ganancias
en votos. Digo yo.
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